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Los Papeles del Arcón PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Guacimar   
lunes, 13 de agosto de 2007
Este es el nombre que se ha dado al legajo atado con balduque azul y encontrado en un arcón en el castillo de (...). El arcón fue hallado bajo los derrumbes de la torre, en un sorprendente buen estado, al acometerse recientemente las obras de reconstrucción. Hasta su exacta datación, sólo basándonos en el lenguaje empleado, parece aceptable suponer que los papeles se escribieron no mucho antes de que el castillo dejara de ser habitado, hacia 1460. Poco se conoce de los actores de este pequeño drama, dado que no aparecen nombres, y es posible, incluso, que el arcón y su contenido pudieran provenir de distinto lugar a donde fue encontrado.  

 

Este descubrimiento arqueológico, junto con otros restos de tejidos y joyería, es una incursión en un sorprendente e íntimo episodio en la vida de una joven del siglo XV. Se ha transcrito con casi total exactitud, apenas añadiéndose algunas palabras, borradas por la humedad. Asimismo se ha cuidado la adaptación al castellano moderno.

Confiamos en que los laboratorios aporten nuevos datos en breve tiempo, y agradecemos al grupo de arqueólogos y su patrocinador los permisos que han posibilitado tan pronta publicación del manuscrito.

                                                           I

  

Escribo esto por no olvidarlo, mas no lo escribo yo si no mi fiel amigo llamado El Navarro. Hasta reciente fecha no he sabido la medida de su amistad, así como ignoraba su verdadero nombre, pero seguiré llamándole Navarro mientras él me lo permita, pues es el nombre con el que siempre le conocí.

   Y lo escribe él porque yo no sé estas artes, que desde hace tiempo me insiste en que las aprenda, pues sería gran cosa para mi educación. Mas siempre me negué, que prefiero oír su voz leyendo cuantos libros poseemos, que no son muchos, y mi padre aún considera que bastantes son. Pienso que en nada habría de mejorar mi educación, pues en lugar bien apartado está la casa de mi padre, que pocas gentes nos visitan y aún menos se interesan en medir lo educada que esté. El Navarro afirma que yo misma habría de disfrutar con el aumento de mis conocimientos, pero es más mi disfrute en que él me lea cuanto en los libros se narra, que su voz tan dulce escucho a mi lado desde la niñez. Me interrumpe ahora, para negar dulzura en voz alguna, y con mirada torva se dirige a mí, mas le reprocho tanta severidad que le hace semejarse a mi padre.

   Me cuenta, entonces, que nunca podría él ser mi padre, que son sólo diez años los que me lleva, a lo que le replico que no son tantos. Pues es verdad que lo parecieron durante mi niñez, cuando en sus brazos me tenía, y como un padre o una madre me trataba. Pero esta vida todo lo iguala, y siento que mi recién estrenada madurez se equipara a la suya, no tanto en años como en acontecimientos.

   Consigo, pues, que para mí aquí escriba empleando mi ascendente sobre él, pues como criado estuvo siempre en mi casa, aunque temo que sea ésta la última ocasión en que con él tal privilegio ejerza. Y es inútil pretender que las cosas sigan como siempre han sido.

   Ya he dicho que bien poco tiempo hace que conozco el nombre real del Navarro, lo mismo que apenas hace unos instantes que conozco su edad. Desde lejana memoria todos así le han llamado, desde mi padre al último criado, aunque cierta deferencia noté constantemente entre la servidumbre, y sólo ahora descubrí el motivo. Me pregunto cuántos de ellos saben la historia.

 

  

   Aunque un breve espacio separe estas palabras, han transcurrido horas hasta que he conseguido que mi escribiente siga trabajando para mí. Pues es cierto que su historia es lo que pretendo contar, mas no para que todo el que sepa leer pueda pasar sus ojos por este papel y conozca los hechos. Quién sabe si algún día sospeche alguien lo acaecido.

   No. Quiero contarlo, pues si alguna vez deseé escribir, fue ahora: para sacar de mi corazón todo lo vivido, lo sentido; para extenderlo sobre el papel, y guardar los detalles ordenadamente, convertidos en palabras, dibujados primorosamente sobre el blanco.

   Retrocedo, pues, a mi niñez, aunque no me extenderé en detalles de cómo el Navarro me seguía por pasillos y escaleras, que mis primeros pasos siempre se movieron a su sombra. Nunca me pregunté porqué estaba allí, como no me preguntaba por qué estaban los demás criados, o mi padre, o las paredes del salón, o los árboles del parque. Todo estaba allí, viéndome crecer, y no había más. Me equivoco. Sólo preguntaba por mi madre, esa era mi única pregunta y nadie la respondía, ni mi padre; hasta que llegaba el Navarro y me contaba su historia. Mi madre había volado con las garzas, decía, pues ella misma era una de ellas, y la vinieron a buscar después de yo haber nacido. Y tal vez algún día también las garzas vendrían a por mí. Yo extendía entonces los brazos que quería convertir en alas, y él me decía que tenía que esperar, que hasta que no vinieran a buscarme, no se obraría el prodigio y mis alas aparecerían. Ésta es mi favorita de cuantas historias inventó para alegrar mis días.

   Por breve tiempo tuve un ama, y ni siquiera la recordaba, salvo al mencionarla mi padre algunas veces, cosa que servía para, con su regreso, amenazar al Navarro cuando de alguna de mis fechorías culpábanle todos. Pues para sí tomaba toda la responsabilidad de mis actos, que me guiaba y vigilaba como la mejor de las madres. Y pronto aprendí a utilizar su buen cuidarme, que sobre él cayeron mis culpas las más de las veces.

   Como sombra me seguía a todas partes, pero algunos ratos para sí se los tomaba, pues era muchacho joven, aunque yo no lo percibiera. Y hubo días en que se ausentaba, y yo le buscaba hasta dar con él en graneros y establos, donde se escondía con palos y tablas para hacer que entrenaba con armas. Remedando las luchas en el patio, se afanaba muchas tardes. Encontré yo un día espada mellada y sin limpiar, bajo el heno de una esquina de la armería, y todo fue esconderla más aún, para mostrársela al Navarro aquella noche. Con apenas refrenada alegría la cogió en sus manos, que le brillaban los ojos como nunca se los había visto. Le llamé al cabo para que conmigo jugara, y sentíme desplazada de su atención por vez primera, pues antes siempre le apartara a poco de sus juegos. Y fue quizás el primer día en que sintiera el corazón dolido, como si una mano oscura lo estrujara. Vino por fin conmigo el Navarro, mas con aquel regocijo que ocultaba, que sólo esperaba momento en que yo no le ordenara, para salir hacia el pajar y reunirse con su espada bienamada. A no tardar acudí a mi padre con la historia, pensando con maldad que a un criado aquella arma prohibirían. Mas no fue tal, que en un aparte con él habló mi padre, y el Navarro prosiguió con sus entrenos, mejorando incluso aquella espada rota con otra que mi padre regalara. Toda aquella vileza que me avergüenza recordar, mas él achaca a mis pocos años, se terminó de pronto el día de mi caída. Y es bien probable, también, que mi infancia tornara en mocedad ese mismo día. Lo contaré despacio pues mucho significaría para ambos, y así lo veo ahora, desde la lejanía de los años.

  

                                                                       II

  

   El parque que rodea la casa de mi padre es el lugar donde más horas de mi vida han transcurrido, que los cuartos que me pertenecían semejaban prisión, y sólo lluvias y nieves prolongadas conseguían recluirme en el invierno. Había yo la costumbre de encaramarme a los árboles que poblaban el parque, pues pronto vi la utilidad como escondite de ramas y follaje. Pero fue primero afán que no comprendía, y disfrutaba desde muy niña, que no aprendí a correr y ya trepaba por cuanta altura encontraba, hasta caer un día desde el  tejado de la bodega con harto peligro para mi vida, que sólo se saldó con unas magulladuras y gran sobresalto por parte de todos los de la casa. Mas no es esa la caída a que me quiero referir, pues aún hubo unas cuantas parecidas que nunca sirvieron de escarmiento.

   Aquel día cumplía yo los doce años, y comenzaron de golpe cuantos me rodeaban a tratarme con severidad, que no parecía festejo de cumplir años, si no duelo por falta cometida. Era ya una joven señora, se acababan mis correrías y aventuras, y habría de comportarme como tal a partir de aquella fecha, tan buena como cualquier otra, aseguró mi padre en el sermón que me propinó por la mañana. Como obsequio, me embutieron en un nuevo vestido, que me apretaba como si, en lugar de considerar mi natural crecimiento, les hubiera parecido que yo había menguado y menos tela necesitara. En cambio la falda sí había aumentado, que arrastraba por el suelo de forma incómoda. Protesté inútilmente y me dirigí, pateando el terciopelo que se me enredaba en los pies, hasta la butaca de lana del zaguán, donde se me dijo que esperara sin moverme a mi señora abuela, que vendría ese día desde la Corte para verme.

   En bien poco apreciaba las visitas de mi abuela, que procedía infatigable a señalar la lista de mis defectos, siempre enumerados delante de mi padre, y golpeando a la vez con su bastón la parte de mi cuerpo que más cerca le venía.

   Permanecí sentada en el zaguán lo que me parecieron horas, hasta que el frío y la impaciencia me empujaron por igual a abandonar la casa hacia el soleado exterior. Era una dulce mañana de otoño, con la hierba seca, salpicada con el oro y el cobre caído de los árboles. Me levanté con ambas manos el bajo del vestido que arrastraba hojarasca, y corrí hacia mi roble favorito, que ya había perdido demasiadas hojas para ser un buen escondite. Mirando al correr más el suelo que otra cosa, no vi al Navarro, que hacia mí se dirigía. Me aplasté contra su jubón de lana, y aún me dio tiempo de oler aquel olor a leña y jabón que siempre estaba mezclado en su ropa. Me alejó de él con las manos en mis brazos, y comenzó a regañar:

   -¿Adónde pensáis que vais?

   A lo que repuse yo molesta que no me tratara de excelencia, que a buen seguro había escuchado el discurso de mi padre sobre mi nueva condición de dama. Mas pareció no escucharme, que había clavado los ojos en mi pecho, aún agitado tras la carrera. Dime cuenta al momento de que no era la primera vez que me veía jadeando, si no que por vez primera me veía con aquel escote cuadrado, bordeado de brillos y sedas, y mostrando partes de mi cuerpo que aquel malhadado corpiño empujaba hacia fuera del vestido. Por vez primera también me vi a mí misma. Y pronto troqué vergüenza por placer, al verme yo y ser vista por él.

   Afirma ahora que no fue su intención, que ojos arrastran escotes semejantes, pero que jamás en aquel momento un mal pensamiento se le cruzara. Y yo ahora me río al escucharle, que no me hubiera ofendido lo mal que pensara, pues que crecí de golpe en aquel mismo momento, un poco más de lo que mi padre imaginara al sermonearme. Igualmente reí aquella mañana al sentir la mirada del Navarro sobre mi piel, tan cálidos sus ojos como el sol sobre mis hombros. Me solté de sus manos y corrí hacia el roble sin parar de reír, levantando las faldas y volviéndome hacia él, mostrando aquel escote una vez más, recibiendo el homenaje de su mirada, antes de huir a mi refugio. Tardó en seguirme. Permaneció en medio del prado como si un golpe lo hubiera atontado. Me siguió tan sólo cuando me perdí entre los árboles, y alcanzó el roble cuando yo ya trepaba por ramas altas. Aún más me hubiera alejado a no ser por el infernal vestido que me enredaba pies y piernas, pero conseguí subir buen trecho. Me puse en pie sobre una gruesa rama, asiéndome a otra despreocupadamente, que a menudo aquel árbol me servía de guarida y lo conocía como mis propios cuartos. Pero aquel vestido traidor propiciaría mi desastre: una vez más se enredó en mis pies, y caí hacia delante. Así pues, vi acercarse el suelo mientras contenía la respiración, y me pareció ver piedras entre la hierba y el musgo, pero no tuve tiempo de preocuparme.

   Nada más recuerdo, hasta que abrí los ojos sintiéndome estrujada contra el jubón del Navarro, y con gusto a sangre en la boca. Durante un momento me quedé quieta, disfrutando de estar allí abrazada cómodamente sobre la hierba. Luego recordé mi caída del roble, y un sollozo ronco me sobresaltó. El Navarro estaba preocupado por mí, noté al punto. Forcejeé para hacerle notar que estaba bien, que me soltara y viera por sí mismo que nada me había ocurrido. Se separó un poco, y efectivamente las lágrimas le corrían por las mejillas.

   -¡Estás viva!- sonrió. Ya me había apeado el trato de vos.

   -Claro- sonreí a mi vez, y me dolió el labio y la mejilla izquierda, a lo que mi sonrisa se borró, y también la suya.

   -Ay, Señor- gimió, y sin dejar de mantenerme junto a su cuerpo con un brazo, alzó la otra mano y me pasó los dedos con gran cuidado por mejillas y boca. Con ello apartó la sangre, que mucha había a lo que vi que quedó en sus manos, y más que restañó con el pico de su camisa, aplicado a tal menester. -Buen Dios, no ha sido nada- suspiró a poco con gran alivio. -Os habéis roto la piel en la ceja, y con gran escándalo la sangre ha manado, mas ha sido pequeño el daño. Luego, un arañazo en la mejilla. No os riáis y no os dolerá. Y el labio... Guardad silencio, que os hará bien, y pronto curará.

   Con esto comenzó a bromear, que una media sonrisa ya se adivinaba en su cara. Aún se tardó en enjugarme la herida del labio, que por la comisura me pasó un dedo y de pronto me estremecí. Otro salto di en mi crecimiento, pues que el dedo cosquilleaba sobre mi piel, y dejé los labios entreabiertos esperando alargar lo que sentía, misterioso y raro, mas placentero en suma. Algo notó el Navarro, pues detuvo sus cuidados y me miró interrogante, aún manteniendo aquel dedo junto a mi boca. En breve interrumpió aquello, que se alzó ayudando a incorporarme y preguntó en voz baja:

   -¿Estáis segura de que nada más se os ha roto?

   Me dolía extrañamente el corazón, saltándome en el pecho, mas ningún motivo había que se debiera a la caída, y negué con la cabeza. Le miré sin decir nada, y me fijé en los restos que aún quedaban de las lágrimas vertidas, que hasta la dura barbilla habían rodado. Pareció darse cuenta de pronto, y se restregó la cara sin caer en la cuenta de que había empleado aquellas manos en restañarme la sangre, con lo que el arreglo sirvió para bien poco, y así se lo dije, con voz que temblaba apenas. No hizo caso de mi aviso, si no que se dedicó con denuedo a arreglarme ropas y cabello, advirtiéndome que debía apresurarme, pues mi señora abuela a buen seguro habría ya llegado a la casa, que ruido de caballos lo anunciaba. Me ayudó a caminar por el prado soleado, y yo acepté su mano sin decir palabra, notando con agrado que natural me parecía andar con él a mi lado, una mano en la suya y otra manteniendo el borde de las faldas, como si fuera la joven señora en que me habían instado a convertirme, y me pregunté si no lo había logrado ya.

      

                                                                       III

  

   Claramente noté que, así como me convertía en dama, alejaba al Navarro de mí de manera irreversible. Que él también había crecido, me daba cuenta entonces, y no sólo en altura, si no en trato con otros hombres que en la casa vivían, y sus entrenamientos crecían en duración y rigor, y apenas le veía. Aún pude conseguir que muchas tardes me acompañara por bosques y caminos, hasta la aldea de mi padre y a veces más allá, andando o a caballo. De forma perceptible alejábase de mí en trato y modales, mas al cabo los ratos conversando, escasos, más nos unieran que la charla vana de antes. Hasta los silencios acababan diciendo más de lo que antes nos decíamos el uno al otro. Esto no lo sé explicar yo bien, mas paréceme que con los ojos más nos habláramos que con las palabras.

   Pues transcurrieron meses, y años, y todo fue cambiando grandemente. El Navarro seguía a mi custodia, lejano y constante como los riscos, mirándome crecer en manos ahora de doncellas y comadres, y de mi abuela al fin, que vínose a vivir desde la Corte, y por su gusto la abandonara con tal de verme bien criada, reprochando a mi padre cuantos defectos en mí encontraba.

   Con ninguna de aquellas mujeres abría yo mi corazón y mis pensamientos, pues esperaba a que el Navarro me acompañara en mis salidas. Por lo menos una se me permitía al día, con mucho bien para mi salud y no así para mi rostro, que mi señora abuela grande e inútil empeño ponía en borrarme las pecas, y éstas se resistían a abandonarme. Con gesto adusto el Navarro me esperaba cada tarde, y miraba el velo con el que me tapaba toda la cabeza, hasta que habiéndonos alejado ya bastante, poco tardaba yo en apartarlo y recibir el sol y el aire con alegría en la cara. Esto enojaba a la señora, si al volver me olvidaba de colocarlo.

   Catorce años contaba cuando otro día de otoño algo aconteció, que en gran peligro estuve y no lo supe hasta después, que la presencia de mi amigo salvó mi vida al cabo. Aunque la tarde se prestara a un buen paseo, que el día aún corto era cálido y soleado, unas nubes fueron creciendo como tantas veces agarradas a los picos más altos, y tornóse el cielo en gran tormenta, oscura como boca de lobo. Corríamos de vuelta acicateando a los caballos, cuando un caballero nos cortó el paso, haciendo espantarse a nuestras bestias. Con buen jaez y pertrechado para caza, había colgado ya buen número de presas en la silla y ya parecía volverse a sus dominios, mas no me pareciera a ninguno de los vecinos. A buen seguro el Navarro le invitaría a quedarse a pasar noche, y ya esperaba sus palabras, cuando a cambio le vi agarrar las riendas de los dos caballos con gran firmeza, retroceder cautelosamente y desenvainar la espada que mi padre le diera y de la que nunca se separaba. El caballero movió ligeramente su montura, y a mí se aproximó mirándome con ojos fieros, que tal me parecieron a pesar de la oscuridad que a duras penas dejaba distinguir su cara. Los ojos clavaba en mí sin decir nada, y sólo se oía el viento abriendo paso entre las ramas y los cascos de los caballos al borde del espanto.

   No notara yo que el caballero movía una mano, que cerca de la cadera tenía posada, cuando el Navarro gritó, soltando mis riendas:

   -¡Huid! ¡Corred, mi señora! ¡Corred cuanto podáis! -Y movió la espada que brilló en la penumbra. El brillo del acero unido a su grito tan fuerte como jamás le oyera, convocó mi miedo, y acicateé a mi caballo. Dejé que el animal encontrara el camino entre la espesura y me pegué junto a su cuello, y aún pude volver la cabeza hacia atrás, mas sólo logré escuchar a lo lejos golpes de acero contra acero, perdiéndose entre los ruidos de la tormenta que se iba enfureciendo. A poco me encontré junto a la casa, que más cerca estaba de lo que nos pareciera un rato antes, y grité llamando a guardias. Se abrió la puerta y salió también mi padre entre sus hombres, mas me vio sana e ilesa, y se tranquilizó al punto. Noticias les di con voz resuelta, de cómo el Navarro en gran peligro se hallaba, y que corrieran a socorrerle. Más pareciera que contaba aventura imaginada. Pero dio mi padre en verme la mirada, que no fuera tan de niña como él pensara, si no de mujer, y bien segura de haber visto de cerca gran maldad. Al cabo salieron todos en tropel, con mi padre a la cabeza. Y las doncellas y palafreneros me fueron a bajar del caballo, y fue cuando notaron que el trance había agarrotado mis manos, que de los nervios y el miedo costó soltarme del pomo al que me asía, y que gran temblor me sacudía toda.

   Largas horas se me hicieron hasta que los hombres regresaron, con semblante frustrado, que hablaba claramente del perdido rastro de su presa. Vi con ansiedad que el rostro del Navarro gran mancha de sangre mostraba, y corrí hacia él desasiéndome de la criada que me acompañaba. Que no me preocupara, me dijo con voz ronca, que una rama la frente le marcara y, como a mí aquel otro día, la sangre escandalizara de herida bien pequeña. Se acercó mi padre a ambos, y ordenó que me retirara, que los hombres hablarían sobre tema que conmigo no fuera. Con los ojos el Navarro dijo lo mismo, y aún añadió sin hablar nada que tranquila me quedara, que luego a mí se viniera y me contara. Y todo aquello entendí sin mediar palabra, que con la mirada lo expresaba.

   Tomé cena en mis aposentos, que nadie porfió en que me sentara con mi padre, y a poco me escapé hacia el cuarto del Navarro, pero ya en la escalera lo encontré, que volvía de los establos, de mirar por las bestias que tan mal trago habían pasado. Eché mano a su frente, que aún mostraba sangre seca, mas él en el aire la detuvo, y no la soltó, si no que me habló con voz tan seria que no le conociera.

   -El malvado huyó -me dijo breve. -No me preguntéis más, y olvidadlo todo, mi señora. Que no regresará, a buen seguro, si no quiere encontrarse de nuevo con mi acero. No sería más que un rufián, cazando sin permiso en tierra extraña.

   No me pareció rufián con tales armas, ni tales cueros y ropas, ni tal montura, pero nada dije, si no que insistí en que cuidara la herida de su frente, a lo que afirmó que tal haría. Y fuese a ir al punto, mas notando que mi mano aún sostenía, no hizo otra cosa que mirarla y llevársela a los labios, con lo que me sorprendió, que nunca antes cortesías tales me mostrara. Pero una sonrisa añadió al gesto, que hizo que mi corazón saltara estremecido. Fue, pues, la vez primera en que el Navarro salvó mi vida, y un poco de mi alma se llevó con ello.

  

                                                                       IV

  

   El misterio que rodeó aquel suceso olvidé al cabo, y ya nadie volvió a hablar de aquel rufián. Tan sólo advertí a mi padre con el Navarro hablando algunas veces, pero nada cambió. Mi guardián siguió él solo a mi custodia. Las doncellas y damas aumentaban en número a mi alrededor, y mis enseñanzas en las cosas de mi noble condición igualmente crecían para mi disgusto. Pero siempre hubo momentos dedicados a los paseos, que no me parecieron abreviados tras la escaramuza. Bien es cierto que frecuentamos más aldeas y villorrios, y que los montes y bosques nos echarían de menos, mas no dijera yo lo mismo, que temía volver a encontrar entre los árboles aquel rostro sombrío y aquellos ojos malignos que a veces poblaban mis pesadillas.

   También prosiguieron las lecturas, que todas las mañanas aligeraban el peso de mis tareas. Un día atrevíme a preguntar cómo era el Navarro tan bien letrado, a lo que repuso que con leerme a mí de entreno le sirviera, que grandes cosas aprendía al decírmelas. Dijo luego que desde muy pequeño lo aprendiera en su casa, que a tal destino su padre le dedicara, dejando de lado las cosas de armas que a cambio tanto le gustaban. Con sorpresa advertí que de su vida y su casa por primera vez hablaba, y le pregunté más: que dónde estaba su casa y quién era su padre, a lo que contestó que había muerto, y nada más quiso añadir, con lo que poco más de lo que sabía supe entonces.

   En aquella época, tanto por la edad como por estar rodeada a todas horas de doncellas y sus chismes, vine en fijarme en los mozos por los que ellas cuchicheaban y reían, mas siempre mis ojos volvían al Navarro, y no sólo los míos, si no los de todas las mozas de la casa, que los clavaban él, que si fueran dardos le mataran. Y me fui a dar cuenta de que buen porte tenía, aunque fuera mayor que ellas y que yo misma, con lo que parecíame ser él como mi padre, y desdeñaba sus dichos malintencionados. Pero tiempo dediqué a contemplarle, y compararle con otros mozos. Habíase ejercitado con las armas de tal modo, que en porte y donaire nadie le alcanzaba, y vencía cuantas luchas enfrentara. A cambio escasamente me miraba, cuando yo le vitoreaba desde los miradores, al emplearse en el patio con los demás hombres. De esa escasez, cumplida cuenta daba algunas veces, que mi entusiasmo premiaba con una sola sonrisa, y eso bastaba para hacerme ya feliz por todo el día. Y a lo lejos sabía yo decir el color de los ojos con que me había mirado.

   Estas cosas nunca las hablábamos, que poco o nada cruzábamos palabra las tardes en que paseábamos, y poco me importara, pues que al estar a su lado ya gozara. Y aprovechaba para de cerca contemplarle, mejor que desde almenas o miradores, y solazarme siguiendo la forma de su cabeza, la curva del cuello o de los hombros, hasta que se volvía hacia mí, y yo disimulaba. Nunca más le vi mirarme como aquel día en el prado, siendo yo más niña, y aún recordaba sus ojos en el borde del vestido. Ningún otro día se fijara en mí, como no fuera la noche del primer baile.

 

  

   Otras veces vinieron a mi casa parientes de lejanos lugares, en las fiestas de la Natividad, sobre todo, y en la vendimia, mas nunca cuando la fiesta a mí se dedicaba, que por cumplir los quince años ya fuera dama con todos los honores. Aún mi abuela soñaba con bajarme a la Corte, con gran disgusto mostrado por mi padre, que temía que algún caballero de otro país viniera a llevárseme. Pocas señales daba mi padre de su cariño por mí, que hosco y duro se volviera según atestiguaban viejas y comadres de la casa, que al morir mi madre así tornara. Mas en aquel desagrado por mi marcha, bien me mostraba cierto afecto, y yo le respondía que no habría tal, que junto a él siempre estaría y en su casa viviría.

   Mi señora abuela al fin logró de mi padre permiso para dicha fiesta, y con ella se volcó toda la casa, que se aprovechó para hacer gran mudanza, y limpiar hasta debajo de las piedras, y meterme yo en camisa de once varas, que no encontraban ropa que ponerme.

   Al fin mis galas estuvieron prestas. Muy buenos brocados mi padre había conseguido en algún viaje, y al cabo de meses de preparativos, y de tratos con agujas y sedas y algodones, terminóse mi atavío, y terminaronse también cuantos arreglos revolvían la casa. Comenzó a llegar gente, de la Corte y vecinos, que costumbre no había de semejantes fiestas, y grandes lujos mostraban cuantos iban llegando, que no pareciera otra cosa que irse luciendo cada uno, y no venir a verme a mí.

   Numerosas visitas llenaron la casa de risas y ruidos, para gran alegría de mi abuela. Entre ellos saludábanse, y poca atención me prestaban, lo que convenía a mi timidez, que era grande y habíase agravado. Cenaríamos pronto, así se había acordado, y con el sol aún brillando alto, una tarde de mayo, comenzó el convite. Y noche cerrada era cuando los músicos se mudaron a la gran sala que mi abuela preparara, y se vería si los del campo habíamos aprendido los bailes de la Corte, sobre lo que hubo retos y chanzas. Abrió el baile mi padre, conmigo de la mano, y no quería yo alejarme en los corros, mas no quedó otro remedio, y vime separada de él, y así toda la noche. Hubo caballeros más o menos jóvenes, que a mí se dirigieron, y no recuerdo ninguna de sus caras. Al fin se descansó, y corrí hacia mi abuela en busca de refugio, mas ella hablaba con sus conocimientos de la Corte, y no quise meterme en más bullicio, así que salí al parque con gran suerte de que nadie me siguiera.

   Desde hacía días al Navarro no encontraba por ningún sitio, y era probable que se escondiera de la locura que invadía la casa. Tampoco podía yo dedicarle muchos pensamientos, que así mismo estaba envuelta en la locura, mas ahora le echaba de menos grandemente, y quería mostrarle mi vestido.

   Caminé entre los castaños que crecían en el prado, sin adentrarme en el parque a tales horas, y levanté el vuelo del vestido. Y bailé con música imaginada, hasta que perdí el aliento. Tiré de la tela del escote, y soplé sobre el pecho para refrescarme.

   -No hagáis eso -dijo una voz, y grité espantada, mas supe en seguida que era el Navarro.

   -¿Por qué no he de hacerlo? -repuse enfadada, y se me aproximó oscuro y alto entre los árboles. No decía nada más, e insistí: -¿Qué no he de hacer, Navarro? ¿Bailar?

   Pero sabía que por otra cosa lo decía, que se acercó aún más y me miró a los ojos solamente, mientras con la mano tiraba hacia arriba de la tela del vestido, cerrándomelo sobre el pecho. Con rebeldía lo volví a colocar como estaba, y aún peor, que el Navarro contuvo la respiración cuando al ver mi gesto bajó la mirada, y un buen rato la dejó allí, hasta que al cabo murmuró dolido:

   -¿Es así como queréis que todos os vean?

   Yo misma me miré, viendo que en el mismo borde asomaba apenas un par de briznas de piel más oscura. Enrojecí, mas no de vergüenza, porque antes no asomaran, si no porque mi ira ampliara así el escote.

   -No. Todos no -dije resuelta, y permanecí sin moverme ante él. Me maravillaba que pudiera sentir así sus ojos, como si cosquillearan sobre mi piel. Pero aún tendría más de que admirarme, que muy despacio movió una mano, y deslizó un dedo por aquellas sombras, y pareció quemarme. Seguí sin moverme. Algo me decía que si me movía, si decía algo, el Navarro, como un halcón, se espantaría. Y él también siguió con su tierna caricia, con los ojos viajando lentamente, con el dedo siguiendo el curso que trazaban, por todo el borde del vestido, por los hombros y la nuca, enlazándose un poco con los vuelos del peinado, volviendo a bajar por la barbilla, y retozando otra vez entre mis pechos hasta hacer asomar las puntas con descaro. No pude reprimir un suspiro al sentir allí sus dedos y, como había sospechado, el halcón se espantó.

   -Perdonad, perdonad, mi señora... -dijo en un susurro, y huyó hacia los establos.

   No recuerdo que mi padre mandara gente a buscarme. Así pues, debí de regresar de algún modo a la casa, mas nada recuerdo, pues iba en una nube. Sí que recuerdo como si fuera ahora el ardor que me recorría entera, y que me venía a crecer entre las piernas, y ahora es mi escribiente quien se ríe. Que bien satisfecho se ve por lo que causó.

   Mas poco le vi aquellos días, que la fiesta se prolongaba, y ni vecinos ni viajeros querían alejarse de la hospitalidad de mi padre. Al cabo volvió todo a la normalidad, o así lo parecía, aunque costaba más esfuerzo encontrar al Navarro por las tardes, y aún más costaba que me contestara al hablarle. Las más de las veces creí verle enrojecer, pero afirmaba que no había tal, que yo imaginaba. Y sin saber qué hacer, que para estos casos no encontraba guía, pues mi guía era el que me confundía, resolví dejar pasar el tiempo. Mas mi ánimo caía si él no estaba, y me brincaba el corazón si le veía.

                                                                                                                     

 

   Gran verdad es que el tiempo todo lo cura, y al cabo todo volvió a ser como era, o al menos así lo parecía, que el Navarro me trataba como la niña que siempre había sido, y no encontraba momento en que no me amonestara y atara corto, como él decía. Mi abuela estaba encantada con su prolija vigilancia, y aprobaba de buen grado cuantas lecciones el Navarro me decía, que por joven sensato y prudente lo tenía. Y para mis adentros yo reía al oír esto, que bien distinto pensara si le hubiera visto aquella noche entre los castaños. Yo dedicaba ratos a recordar con detalle cuanto aconteciera, y como gran tesoro para mí lo guardaba. Alguna vez a él se lo hablaba, mas sólo le faltaba decir que yo lo había imaginado, y poco o ningún caso hacía a cuanto yo le decía.

  

  

                                                                       V

  

           

   Al año siguiente se empecinó más mi abuela en ir a la Corte, y por sosegarla consintió mi padre en otra fiesta, que otro baile coronara. Y aún se llamaría a jóvenes de ella conocidos, que propósito firme de encontrarme marido había la señora ya bien claro, para mi desazón y mi tristeza. Siempre decía yo que no quería alejarme de mi padre, y se lo contaba al Navarro cuando lograba que a montar me acompañara. Él me oía sin decir nada, hasta que un día apenas levantó la voz para decirme:

   -Sólo soy un criado. En nada puedo ayudaros.

   Y con ello pareció alejarse, y me dolió el corazón como nunca antes. Y esto fue costumbre durante muchos días, que no recuerdo tiempo tan horrible para mi alma. Por el día le buscaba, mas con poco afán, pues que ya unas criadas bromeaban sobre mi gran solicitud hacia el Navarro. Por la atardecida le llamaba en los establos, y noticias de él no había, hasta que vinieron a decirme que a un viaje había salido, que no sabían cuándo volvería. Y sentí que otro poco el corazón se me quebraba. Ocultaba para mí las lágrimas, que a solas derramaba, y perdí todo el espíritu tras él, que no hablaba ni comía, y mi señora abuela fue a pensar que los nervios por la fiesta así me postraban.

   Llegáronse los invitados, como la otra vez, y gran bullicio había, mas poco o nada se notó mi tristeza, que mi timidez sobrada la escondía.

   Igualmente, hubo cena copiosa, y hubo baile. Todos grandemente me alababan, y los hombres me decían finezas y galanterías, y al punto pensé que se debía a los afanes de mi señora abuela, que en gastos no reparara para mi vestido y joyas. De terciopelo azul esta vez era mi atavío, y demasiado real me parecía, mas mi abuela insistió en que yo lo merecía. Y tan real no fuera, si no que con mi ojos aquel color casaba. Fue decir esas palabras y saltárseme las lágrimas, y mi abuela pensó que era alegría. Mas pensaba yo en casorios que encima se me venían, y tal tristeza me anudaba la garganta, que nada dije, y así quedó la cosa.

   Dancé sin reparar en gente alguna, y acercábame a mi padre siempre que el baile me lo permitía. Pero él habíase entrado en razón, al cabo, haciéndose a la idea de mi casamiento, y me hacía hablar con cuanto mozo por mí le preguntaba, con lo que otra vez pensé en huir al prado. Tal vez el Navarro apareciera, y con ese pensamiento que aligeraba mi corazón, esquivé a la gente como pude y salí hacia el zaguán.

   Alguien hubo que me intentó seguir, y no lo conociera antes, que recién llegado parecía. Le negué el saludo, aún a riesgo de incurrir en las iras de mi abuela, pero el caballero continuó detrás de mí con insistencia. Corrí por la oscuridad de los pasillos vacíos y llegué al prado, y esta vez entré en el parque apenas iluminado por la luna; el caballero pareció haber abandonado la persecución. Y, como si hubiera sido conjurado, allí estaba el Navarro.

   -¡Has vuelto, Navarro! -dije contenta. -¿O acaso has estado todo el tiempo aquí escondido?

   -No me escondía, mi señora -dijo con tono humilde. -Que marché unos días a mi casa...

   -¿No es ésta tu casa?

   -Sabéis bien que nací al otro lado de los montes, que me llamáis Navarro, y de Navarra vuelvo, mi señora.

   No quise seguir oyendo más, como si hablar de una casa lejana ya le volviera a alejar de mí.

   -¿Has estado viendo el baile? ¿O ha poco que llegaste?

   -Vi la fiesta, señora, que no quise entrar por no importunar. Buenas galas llevan todos, y vos, mi señora...

   Grande alegría tuve de saber que me había estado viendo, y sonreí, y abrí los brazos por mostrarle aquel vestido nuevo.

   -Así pues, ¿te gustan mis galas?

   Pero el Navarro no contestaba, que no hacía cosa que no fuera mirarme, mas no al vestido, si no a la cara.

   -Me alegro por vos, mi señora -y con pena lo dijera, y así se lo dije.

   -Ven y baila conmigo, Navarro, que por ningún lado veo la dicha que me dices, y habrás de bailar para mostrarla...

   Conseguí arrastrarle apenas a girar entre los robles, con las dos manos asidas a las suyas, pero al poco se detuvo.

   -He de irme, mi señora -y me soltó las manos.

   -Quédate, Navarro -porfié.

   -¿Qué queréis de mí, mi señora? -repuso en voz baja, como torturado por terrible congoja.

   -Que estés aquí -dije solamente, y me dejé caer sobre la hierba. -Que estés conmigo, Navarro.

   Se arrodilló frente a mí, y me habló con dulzura por primera vez en mucho tiempo.

   -Estoy aquí, mi señora. Siempre. Bien sabéis que soy vuestro amigo -mas con decir aquello no me confortaba. Nada dije, si no que le miré en la oscuridad, y creo que sintió mi dolor más que verlo. -No sufráis, mi señora. La fiesta es para vos. Id y bailad, y alegraos -me dijo con ánimo fingido.

   -Tú también sufres, lo veo ahora. Los dos sufrimos, Navarro. ¿Qué es esto? ¿Por qué todo ha de ser así, distinto de como era?

   Pero no contestó, si no que permaneció largo tiempo en silencio. Me cogió las dos manos y las mantuvo abiertas sobre sus rodillas, acariciándolas suavemente con sus pulgares. Las miraba sin decir nada. Luego se las acercó a los labios, y me besó las palmas, turnando una y otra sin dejarlas alejarse, que no conocía yo tortura como aquella, pareciendo doler el corazón en mi pecho, y a la vez cantando el alma de alegría. Y todo mi ser estaba en aquellas palmas, sintiendo los besos del Navarro y su cara toda entre mis dedos.

   Nunca supe cuánto tiempo dedicara él a tan dulce caricia, que al cabo me acercó a sí, y estábamos los dos arrodillados, y tan juntos que más no cabía estar. Cerraba el Navarro los brazos en torno a mí que casi no podía respirar, y respirar no necesitara, que me valía con mirarle al fondo de los ojos, negros ahora como noche, y como la misma noche brillantes. No había sitio mejor en el que estar, y él aún lo mejoró, que acercó entonces los labios a mi boca, y grandes cosas me enseñó de cómo podía una dama ser besada. Y al cabo aprendí a responderle, que aún más grande fuera así el placer al compartirlo.

   Con todo, un gemido de dicha soltó mi pecho, y como la otra vez, el halcón quiso huir espantado. Pero era ya tarde, que mis brazos también habían tejido red con la que no escapara.

   -Quedaos, mi señor -dije suavemente, y por primera vez hundí mis dedos entre el cabello del Navarro, y le obligué a mirarme como yo le miraba. Que me placía grandemente recrearme en su rostro, distinto y nuevo como ahora lo veía, y con las manos lo rodeé, y con los dedos lo recorrí, hasta parar en la boca capaz de darme tanta dicha. -Os lo ordeno, Navarro, que os cambié el tratamiento, pero aún sois mi criado. Estad junto a mí.

   Le insistí mas él negó con la cabeza, y miró hacia la casa como si alguna amenaza de ella proviniera.

   -Sabéis que no está bien, mi señora. Soy vuestro criado y he de serviros, eso es bien cierto. Pero no puedo trataros así, y traicionar a vuestro padre. He de cuidaros a pesar de todo. A pesar de vos.

   A pesar de vos, pensé, y había gran razón. Como moza descarriada me estaba comportando, y ya discernía tal cosa. Algo malvado me moviera, o acaso amor fuese, y no maldad, pero cosas de amor no sabía entonces. Un único beso le robé al punto, y él se quejó como si gran mal le doliera. Y fue entonces cuando ocurrió todo. Que me volvió a mirar con desespero, y con un beso no hubo ya bastante.

     

 

   Es en este punto cuando vuelvo a batallar con mi escribiente, que ha reparo en poner sobre el papel cuanto aconteció aquella noche. Y gran esfuerzo llevó doblegar su voluntad, que ya pasan varios días desde que se interrumpió la escritura. Hube de insistirle en mi promesa de que nadie iría a poner los ojos sobre estos papeles, que para mí eran, y que sólo él los leería nunca.

   Así pues, quiero recordar cuanto pasó. Que bien cierto es que arrastré al Navarro a gran locura; que pasamos de estar arrodillados frente a frente, a tomar por lecho la hierba crecida entre los robles, y sólo ellos vieron cuanto ocurrió, que ni la luna ni las estrellas iluminaban aquella dulce penumbra. Y ahora me parece que fue eso gran pena, que poco vi de lo sucedido, apenas un brillo en los ojos del Navarro, y todo lo demás fue sentirlo.

   Poco impidieron faldas que sus manos viajaran y recorrieran cuantos lugares quisieron, y no hubo corpiño que cerrara el paso a su boca, tan desesperada al cabo como sus ojos lo fueron antes. Halléme, pues, tan a su merced como él contó luego que estuvo a la mía. Y buen hechizo fue que a los dos embrujara por igual. Sin decir palabra alguna, que distrajera a las bocas de otra tarea que no fuera besar, las caricias fueron llegando a lugares remotos y para mí desconocidos. Cuando no había yo acabado de sorprenderme al sentir sus labios en el borde del escote, volvía a asombrarme de que esos labios rozaran más allá, que un hombre besara como una criatura, y el placer de aquel beso enloqueciera a ambos, que los suspiros de los dos sonaban juntos. Mientras esta dulce refriega tenía lugar sobre mi pecho, bajo las faldas se afanaban también sus manos, que en doble frente era yo vencida. Por misterioso conjuro mis piernas ardían al paso de sus dedos, y se iban abriendo al invasor sin resistencia.

   Un último quejido dejé escapar, y el Navarro lo atrapó con su boca, recogiendo así mi rendición. Luego se apartó un poco, escudriñando en la oscuridad por ver lo que mis ojos le decían, mientras su mano aún al acecho se aquietaba entre mis piernas. En la negrura sintió más que vio mi consentimiento, aunque poco sabía yo de lo que consentía. Sobre mí se alzó como una sombra, manteniendo aún la mano donde estaba, y envió un dedo emisario a adentrarse por lugares que yo ignorara. Pasada velozmente la sorpresa, llegó el incendio, tan placentero que bien pudiera haberse hundido el mundo y yo no lo notara. El dedo trabajó bien como emisario, tan cumplidamente que no encontraba yo más barreras que abrirle, y me admiré de sentir tanto deseo sólo por un dedo, y ya suspiraba por algo más, no sabía bien qué. Temblaba y me agarré a los hombros del Navarro, que me parecieron lo más firme que por allí tenía. Y con aquello pareció divertirse, que levantó la cara al cielo de la noche y rió alegre. Apartó la mano y alejóse el dedo invasor, y protesté. Pero el Navarro trabajaba bajo su jubón, y ya imaginé lo que vendría, que trocaba el dedo por otro invasor desconocido, y algo de temor imaginó él a su vez que vio en mi cara. Que no fue tal, si no enorme curiosidad y prisa de volverle a tener así, como había sido antes con su dedo. Pero él no lo sabía, y se afanó en tranquilizarme:

   -Nunca os haría daño, mi señora. ¿Queréis que pare ahora? -preguntó solícito. Con voz entrecortada le contesté:

   -Navarro, no paréis, os lo ordeno. Os lo suplico.

   No pareció obedecerme al momento, que siguió mirándome como si buscara alguna respuesta a no sé qué pregunta. A poco el dedo volvió a su incursión, buscando y arrepintiéndose, una y otra vez, y sacudí los hombros del Navarro pidiendo clemencia. Pero no cesó la tortura, que tal me lo parecía, hasta que se inclinó hacia mí, y me cerró la boca con el beso más abrasador de cuantos hasta ahora me había dado. Sin mediar instante, cambió el dedo por la más delicada parte de su cuerpo, la que yo no conocía, la que estaba hecha para aquel hueco en el que se hundió. Lentamente se abrió paso, y con alegría se lo franqueé. Luego insistió en que aquel era su sitio, y en aquel insistir creí morir. Cada vez que retrocedía, asíale yo para que no se alejara, y él por darme gusto en mí se hundía, y al cabo vi el placer que aquel juego daba a ambos. Mas todo se trocó en locura, y él tenía más prisa en volver cuando se alejaba, y yo más prisa en que a mí volviera cuando se iba, y hubo que dejar el juego, que tamaño placer casi me mata al cabo, y el sentido casi perdiera. Extendida permanecí sobre la hierba, como si desde el roble más cercano hubiera caído, y el Navarro aún seguía prendido a mí, mirándome con ojos nublados, jugando aún a aquel juego sin saber que yo ya lo había perdido. Sonreíle despacio, y despacio él me devolvió la sonrisa. En un instante mudó su rostro, y le tomó entre sus brazos la misma dulce muerte que hacía poco a mí me tomara, y le derribó y le dejó abatido sobre mí.

   Durante un rato le tuve felizmente entre mis brazos, entre mis piernas, aún hundido en mi cuerpo, e hice lo que ya sabía: quedarme muy quieta para que el halcón no se espantara. Mas poco a poco fue agitándose, batiéndose en retirada, recomponiendo el escenario de la batalla mientras se alejaba. Con dedicación me bajó la camisa, me calzó un borceguí que había perdido, me ordenó las sayas, arregló el corpiño con esmero y aún avivó las brasas de la hoguera con sus tiernos cuidados. Mas yo sentí que ya se había acabado, y haciendo gran esfuerzo me senté e hice recuento de los daños. De cuantos pude enumerar, entre los que estaba un pequeño corte en el labio, y una dulce desazón entre las piernas, el que más doliera fue sin duda la lejanía que ya percibía en el Navarro. Se quedó junto a mí, y nada decía, hasta que habló para mi mal:

   -He de irme, mi señora. Para siempre -dijo aún de rodillas.

   -¡No! -grité herida, y así fuera aunque no sangrara. Y el grito resonó por todo el parque.

   Por huir de aquel dolor, más despiadado por cuanto siguiera a tanta felicidad, me quise ir hacia la casa, y esta vez fue el Navarro quien asió mi mano y me detuvo, y se llevaba con los labios las lágrimas caídas, y yo me llevaba las suyas, que bien las sentí sobre su cara. Mas a poco nos calmamos, que no éramos gente que derribaran penas.

   Aún no veía yo modo de apaciguar el miedo que despertaran aquellas dos palabras: para siempre, que no querría perder con aquellas dos rotundas voces mi recién encontrada alegría. Buscando consuelo le sostuve el rostro entre mis manos, para poder preguntarle con los ojos.

   -Id, bien mío. Estaré aquí -aseguró solamente, y aquello bastó para mi paz.

  

                                                                       VI

  

   Caminé en la oscuridad trastabillando un poco, que las piernas mal me sostenían. Poco tiempo pude dedicar a pensar en cuanto había acontecido, que entré en la casa como buscando refugio, tras componer mi aspecto como buenamente pude, y a poco pasaron unos mozos que parecían ir buscándome, y nada dijeron de mi peinado desaparecido, ni de mis mejillas y labios, que los sintiera como brasas. Subí a mi cuarto y nadie vino, con lo que poco o nada se notó mi ausencia. Volví al baile, tarea ardua que ignoro ahora cómo afronté, y aquel caballero recién llegado volvió a perseguirme, que no cejó hasta arrinconarme y pedir mi mano como si a ello hubiera derecho. Quise marchar, y miré por si mi padre o mi abuela me socorrieran, mas el caballero pareció saber que nadie acudiría, que todos iban distraídos con danzas y charlas. Y el caballero me llevó hacia el pasillo por hablarme a solas, con lo que me asusté. Fuertemente me asía por el talle, moviendo luego las manos por lugares de mi cuerpo que mi buen Navarro hacía poco adoraba, y no pude con el ultraje. Di voces, pero nadie venía. El caballero se reía, y vi sus ojos oscuros como si los hubiera soñado en espantosa pesadilla, clavados en mí con maldad hasta que los movió hacia un lado.

   -Apartaos, criado -dijo con desprecio a alguien que junto a mí había, y a quien yo no había visto.

   Nadie contestó, si no un suave siseo metálico, y la punta de una espada apareció frente a él y le hizo retroceder, y yo me aparté al tiempo de ver a mi salvador. El Navarro era quien había desenvainado y apuntaba al siniestro caballero. Él, a su vez, sacó su espada y dibujó con ella un arco, apartando la punta del Navarro. Mi amigo perseveró en señalarle.

   -No sabéis con quién os atrevéis, criado -dijo el caballero, burlón. Y entonces el Navarro habló, y aún me asombra recordarlo:

   -Os equivocáis, señor. Sois vos quien no sabéis con quién os atrevéis. -Con osadía avanzó un poco más, y aclaró: -Soy vuestro hermano, y no debisteis regresar jamás...

   ¿Su hermano? ¿Regresar? Me preguntaba por tales palabras sorprendida. Pero el caballero no lo parecía tanto. Más aún, parecía divertirse.

   -¡Pequeño, creí que habías muerto! -rió a carcajadas -¡Y has estado aquí todo este tiempo! ¿Ahora eres un criado? -se burló.

   -No. Ahora no. Ahora soy caballero, como siempre he sido, y defiendo a la dama. Apartaos -y volvió a avanzar con la punta del arma tocando el pecho del hombre. Avergüénzame ahora pensar que, a pesar del miedo, aquellas palabras me llenaron de placer. En un instante comenzó la lucha.

   El caballero cruzó espadas tanteando, sin gran ánimo de pelea aún.

   -¡Pero si eres mi hermano, voto a tal! ¿A qué nos batimos? ¿Acaso quieres la dama para ti? -rió de nuevo. Pero poco duró la risa, que gran trabajo le llevaba parar golpes.

   Tardó el Navarro en responder, que dedicaba gran denuedo a atacar ahora, y al cabo contestó jadeando:

   -Sabéis que no es solamente eso... que no tendríais que estar aquí, bellaco... que nunca debisteis volver...

   Ignorante de la causa de aquel odio, quedé allí junto a la escalera, pendiente de la vida del Navarro, que en gran peligro veía por los golpes de su hermano. Y aún hube de apartarme, que aquel corredor no bastaba para albergar aquella lucha. Un grito lanzaron los criados que por fin acudieron a los ruidos, y también los invitados, que al punto oyeron el escándalo. Se detuvo el baile, y mi padre mandó llamar a todos los hombres de armas de la casa, pero el Navarro gritó que le dejaran, que era suyo el derecho de batirse, que con él era la afrenta... Aquellas palabras alteraron la lucha en un momento, que hasta entonces había reñido a la defensa el caballero, pues el Navarro más diestro se mostraba, y más fiero, y aún algo más alto que su hermano, quien poca razón tuvo en llamarle antes pequeño. Pero al hablar con mi padre tal vez se distrajera, y un golpe malhadado recibió, que le hirió en una pierna. Al ver la sangre brotar, ni siquiera grité, si no que me volví con fiereza hacia uno de los hombres, y fui a quitarle la espada, que con mis manos quería matar a quien al Navarro hería. Pero mi padre me detuvo con su mano.

   -Dejarás que el Navarro así pelee, que él mismo lo andaba buscando ha tiempo, y ni siquiera yo habría de luchar en su lugar, aunque bien lo mereciera...

   -¿Qué es, padre...?

   Mas nada quiso explicar, y volvió su atención a la pelea.

   En bien poco mermó la herida de la pierna las fuerzas o la habilidad del Navarro con el acero, que el lance a su favor estaba, y a poco su hermano retrocedía, sin poder detener aquel viento que le derribaba.

   -¡Piedad...!

   -Con ella no la tuvisteis -repuso él, con la furia entre los dientes.

   -¡Fue un accidente! -intentó detener otro golpe el caballero.

   -¿A quién queréis engañar? Yo estaba allí, ¿recordáis?

   Nada entendía de estas palabras que oía, mas poco tiempo tardó aquel hombre en dejar caer la espada malherido, y volver a balbucir:

   -¡Piedad!

   En esto acabó todo. Los hombres de mi padre cogieron al caballero caído, y con poca ceremonia lo sacaron de allí. No hube otra preocupación que acudir al Navarro, que apenas vacilaba junto a la escalera, y fui a socorrerle al punto, pues ya desmayaba, y la sangre grandemente le corría pierna abajo. Con la ayuda de los demás criados, le subimos a su cuarto, y a poco todas las mujeres de la casa veníamos a ayudarle. Y hubo gran suerte en que todas acudieran, que en mi tribulación mal atiné yo en hacer nada que sirviera. Que fue mi abuela quien dio órdenes para que trajeran vendas limpias, quien apartó la calza de la pierna herida y quien mandó lavar y coser prestamente la herida. Y con determinación echó después de allí a cuantos curioseaban. Así que al cabo de un buen rato nadie había en el cuarto más que yo, que asustada y silenciosa permanecía junto a la cabecera.

   -Moveos hacia acá, si os place, mi señora, que no os veo... -murmuró el Navarro con no poca burla, a pesar de su trance. Pensaba yo que no había notado mi presencia, y con renuencia me acerqué. Rastro de lágrimas aún quedaba en mi cara, y algo en él se conmovió al verlas. -No temáis mi señora, que en pocos días la pierna sanará sin duda.

   Nada dije, si no que junto a él me senté, y sin ningún cuidado lloré de nuevo ocultando la cara sobre su jubón.

   Él permaneció callado y sin moverse, dejando que mis lágrimas manaran. Al fin su continuado silencio me hizo hablar:

   -¿Este dolor sienten las mujeres, cuando sus hombres luchan? -suspiré al cabo sin apartarme.

   -¿Soy acaso vuestro hombre? -preguntó aún burlón.

   -Bien sabéis que me pertenecéis, y no hagáis burla, mi señor -afirmé levantando la cabeza, que aún no sé cómo reuní arrestos con los que decir tales palabras.

   Mas él no lo negó, si no que me miró durante un momento, antes de darme la razón mudado el rostro.

   -Es así, mi señora. Que os pertenezco desde el momento en que os miré por vez primera, y hacía pocos días que estabais en el mundo, y tal pareciera que llegasteis a mi vida para que yo así os perteneciera... -mi corazón saltó al oírle.

   -Navarro -dije tan sólo, y no hizo falta que otra cosa dijera, que con ello hablaba yo de mi sentir. Luego gran explicación me dio de todo, y comenzó asiendo mi mano y besándola con afán antes de hablar con voz queda.

  

   Contó que su familia había hacienda al otro lado de los montes, junto con otras tierras de más allá del río, que a su casa también pertenecían.

   Como hombre de letras preparóle su padre, no llevándole a un convento como era su costumbre, pues le placía su compañía, si no teniendo en su casa a un ilustre fraile que pronto le enseñó cuanto supiera. Con ello, no pocas veces dejábale acompañar a su hermano mayor en juegos de armas y en la caza, en lo que hallaba gran solaz y diversión.

   Demasiado pronto murió su padre, al cumplir el Navarro los diez años. El hermano recibió herencia, y al cabo se empeñó en recorrer todas sus tierras, y conocer una lejana heredad que pretendía, más allá de los montes. Una gran partida de caza montó al punto, que era disculpa con la que ocultar su ambición. Con los campos floridos, una mañana de primavera, la impaciencia hizo que su hermano se alejara pronto del resto de los hombres, pero el pequeño se apresuró tras él.

   Pronto vieron una casa, rodeada de un hermoso parque, y antes de que la guardia se alarmara, encontraron una mujer que paseaba entre los árboles con su criatura recién nacida. Con la dama hablaron un momento, y el reciente heredero conoció que era la castellana de las tierras que por remoto parentesco él pretendía. Todo esto el Navarro lo concluyó al cabo, que había oído a su hermano hablar de ello todo el camino. Se presentó como vecino, pidió perdón por invadir sus campos y fuese a ir. El Navarro con él marchara, cuando a poco le vio volverse, armar ballesta y disparar contra la dama sin más miramientos. La señora cayó con la criatura en brazos aún, cuando sonaron voces de la guardia, que andaría ya buscándola.

   El joven caballero huyó llamando al niño para que le siguiera, mas el niño no se movió. Con ojos espantados miraba a la mujer caída, y a la criatura llorando junto a ella, y se encontró incapaz de alejarse aunque oyera a la guardia ya muy cerca. Junto a la dama herida se sentó y cogió en brazos a la criatura, que al cabo cesó el llanto, y no parecía haber ningún mal. Mas la dama no se movía, y los hombres la hallaron ya muerta al acercarse. Preguntaron al muchacho, que no decía nada y sin hablar nada siguió, hasta que habló con el señor al entrar en la casa, todavía con la niña en brazos, que no la soltara aunque a ello le obligaran. Contó de su hermano, y dijo no conocer su intención hasta ser tarde ya; y tan grandemente pesarle la muerte de la dama, que para sí tomara el cuidado de la criatura, si el señor se lo permitía. Mas todo el tiempo ocultó su nombre, y nunca se avino a confesarlo. Sólo admitió venir de Navarra, y con eso poco vino a decir.

   Aquellas razones encolerizaron a mi padre, que él era el señor que escuchaba al niño, y mi madre era la dama muerta. Con sus hombres persiguió el rastro del criminal, fracasando en su denuedo, y al regresar encontró al Navarro al cuidado de su hija, y no dijo más. Al pasar los días, y aún los años, a solas le preguntaba por su nombre y por el de su hermano, mas nunca de sus labios salió palabra que le sirviera para encontrar reparación a la terrible ofensa.

   -Yo lo mataré -repetía el niño siempre, y al cabo mi padre lo creyó, y dejó de buscar al asesino.

   Con ello al fin entendí tantas cosas. Por qué mi padre detuvo mi mano al ir a ayudar al Navarro, por qué todos le llamaban así, y así le trataban. Por qué fui dejada a su cuidado, y por qué el Navarro tanto afán pusiera en la tarea. Cómo el malvado caballero regresó aquel día de tormenta, los dos con él topamos, y mi dulce protector le hizo huir sin darse a conocer todavía. Y cómo una vez más aquel hombre intentó acercarse a mí, quizá concibiendo la idea de casar conmigo y ganar por fin herencia, y gran paciencia mostraba al cabo, que no valor, pues que el Navarro temía que algún día armara ejército con el que tomar la casa de mi padre, mas nunca se realizaron sus temores. Y cosa misteriosa fuera, que cuando apareció su hermano a intentar llevárseme, acabara yo de entregar mi corazón y mi vida al Navarro.

   Un pensamiento dediqué a mi madre muerta, por la que tantas veces preguntara. Y vine a meditar sobre cuál habría sido mi vida si tal desgracia no la hubiera mudado. Todo esto conté al Navarro cuando hubo acabado su relato, y al cabo nada hablamos. En tranquilo silencio nos quedamos, cuando al punto vino a interrumpir mi padre, que entró en la alcoba con gran prisa pero con buen semblante. Que ya le había avisado su señora madre de que la herida en poco tiempo sanaría, y que no había cuidado, dijo contento.

   Todo el tiempo mantuvo el Navarro mi mano bien asida, y no la soltara aun viendo que mi padre claramente lo notaba, mas nada decía sobre ello, si no estas otras palabras:

   -Hijo mío, ¿me dirás ahora tu nombre, y el de tu casa?

   El Navarro por fin habló, contentando nuestra curiosidad, y ahora su condición cambiaba, que en nobleza igualaba y aún superaba su familia a la nuestra. En tales términos se expresó mi padre, y aún pienso si no sabría ya más de lo que aparentaba, que bien poco asombro mostró, y siempre había tratado al Navarro con deferencia. Mas trato semejante ya ganara mi fiel protector, tan sólo con su talante, su valor y su esfuerzo.

   Al cabo marchó mi padre, tras decir su gratitud a mi caballero por la venganza sobre mi madre, y mirar con semblante satisfecho mi mano aún atrapada por la del Navarro, que poco costó imaginar lo que su mente fraguaba.

   Mi caballero callaba, mas por último levantó la mano cautiva y murmuró con ella cerca de los labios:

   -Desearía poder devolveros a vuestra madre, mi señora. Fue mi familia la que os la arrebató.

   -A cambio os tuve a vos -repuse con seriedad.

   -Todos estos años -asintió él solemnemente.

   -Aún os tengo -añadí con valentía. Y giré la mano que antes era presa, convirtiéndola en dueña.

   -Siempre me tendréis -afirmó, y con un beso en mi mano fuese a sellar el contrato. Y fue largamente negociado, que una mano no bastara.

  

   En poco tiempo consentirá mi señora abuela en que el Navarro abandone el lecho, y se acabarán los días de recordar yo y escribir él, que su postración por la herida ha servido bien a mi propósito. Él afirma que su amor por mí es lo que le mueve, pero aún dudo de que mi deseo se hubiera realizado fuera de los confines de este cuarto. A buen seguro que echaré de menos este tiempo, en que durante largas horas he tenido para mí sola su compañía.

   Nunca he dicho mi nombre ni el del Navarro, mas artimaña tal no valdrá para volver anónimo cuanto se ha escrito, que la fama de mi caballero aún durará, por más que él lo niegue. Acabaré de dictar por ahora, e ignoro si algún día logrará mi escribiente que por mí misma lo haga; ni si necesitaré algún día contar historia semejante, que no creo que en la vida de nadie cosas como ésta acontezcan más de una vez.

   Estaré con mi caballero para siempre, y espero que la muerte nos tome a la vez a ambos, igual que nos tomó la vida.

  Esto escribo por voluntad de mi dama, y secretamente para mí lo guardaré, que está su amor entero aquí escrito, y nadie más lo ha de leer, ha
Modificado el ( martes, 14 de agosto de 2007 )
 
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